La manipulación emocional es una fuerza poderosa que puede influir tanto en las relaciones personales como en la sociedad en general. Se presenta en diferentes formas, algunas positivas y otras negativas, y puede ser ejercida tanto por padres como por madres. Uno de los aspectos más intrigantes de la manipulación es su capacidad de manifestarse de manera emocional, lo que puede ser tanto una herramienta constructiva como destructiva en la interacción humana.


En primer lugar, la manipulación positiva es un fenómeno que a menudo pasa desapercibido. Se refiere a la habilidad de una persona para influir en los demás de manera sutil y persuasiva, sin causar daño o ejercer control.

Por ejemplo, un padre que, señalando los efectos perjudiciales de no cepillarse los dientes (infunde miedo), sugestiona a su hijo a la higiene dental.
Por otro lado, la manipulación negativa es una forma más oscura de influencia. Implica el uso de tácticas engañosas o coercitivas para obtener un beneficio personal a expensas de otros. Un ejemplo claro de esto es la manipulación emocional, donde una persona puede utilizar las debilidades de otra para lograr sus objetivos, sin tener en cuenta el bienestar del individuo manipulado.


Los padres también pueden ser actores clave en la manipulación emocional. Una madre manipuladora puede recurrir a tácticas emocionales para controlar a sus hijos, como el chantaje emocional o la victimización. Cuándo una madre o padre se enfadan con el hijo, el mensaje que este recibe es “no me quiere”, y esto no es cierto. Por mucho que el niño no haga caso, le seguirá amando.


La manipulación emocional, en particular, es una forma insidiosa de control. Puede manifestarse de diversas maneras, desde el silencio manipulador hasta el uso excesivo de la lástima. Cuando una madre o un padre manipulador recurre a estas tácticas, puede causar daños profundos en la psicología de sus hijos, dejándoles cicatrices emocionales difíciles de sanar.

En conclusión, la manipulación emocional es un tipo de chantaje que, basado en una estrategia consciente o automática, busca que el manipulador se salga con la suya. Cuándo se trata de educación, a veces, repetimos patrones aprendidos de nuestros tutores que nada tienen que ver con el amor que realmente sentimos por nuestros hijos, alumnos o amigos.

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